Puntualizábamos amos anteriormente, sin profundizar en el tema, sobre la desadaptación voluntaria, aquella por la que se opta por no recibir de la sociedad la satisfacción personal necesaria para conseguir también la satisfacción social.
Ya conocemos las características de este mundo en el que vivimos, pues no hay más que echar un ojo en la calle para ver lo que pasa, sin necesidad de tener estudios sobre historia, ni política, ni ciencia, ni poseer una mínima cultura general.
El consumismo salvaje, la persuasión de los medios de comunicación masivos, el imperio de la cultura del derroche y de la productividad… La expansión de la globalización, al fin y al cabo, y sus consecuencias más negativas…
ya que no veo que valores como la generosidad, la cooperación, la cohesión y tantos otros indispensables, se hayan globalizado, determina y configura de forma injusta la sociedad de hoy en día.
Y mientras nosotros compramos, guerras, destrucción, pobreza, marginación, egoísmo, avaricia, detrimento del planeta... qué bonita globalización y qué bonito mundo.
Mientras algunos se dejan distraer y prefieren vivir en la ignorancia, hay personas que abren su mente y se paran a pensar un poco, y tan solo un poco, en la realidad que nos envuelve y nos asfixia, y son conscientes de que no es posible, en estas condiciones llegar a la felicidad. No con tantas frustraciones.
Así, con deseos de cambio, y no digo por cambios avances tecnológicos, sino todo lo contrario, con ganas de regresar a lo tradicional y a lo modesto, a lo sencillo y a lo necesario, a lo básico pero suficiente, a lo respetable y
agradecido, hay personas que ponen rumbo y partida para encontrar el camino que necesitan en sus vidas.
Sus deseos son volver a vivir la vida que siempre el hombre ha llevado, de bienestar y plenitud, de forma sostenible y respetable, hasta que inventaron el dinero por autoridad e incluyeron el egoísmo como asignatura en la educación. Aparece entonces el Neorruralismo, movimiento que tiene sus orígenes en los años 60 y 70, aunque no aparece en España hasta los 80. Se trata de una pequeña parte de la historia de un movimiento que rechaza la estructura social de las grandes urbes y trata de reinventar un nuevo sistema asambleario basado en la vida en comunidades pequeñas en armonía con el medio natural, reencontrándose en muchas casos con las raíces antropológicas del ser humano.
Así estas personas realizan ocupaciones rurales, generalmente en terrenos estatales, porque los resortes de la administración pública son más lentos y pueden pasa años antes de que se tomen medidas, pero también porque existe la posibilidad de que, finalmente puedan pedir una concesión de pueblo ocupado, comprometiéndose a rehabilitar las viviendas, respetando el estilo y los materiales originales.
Aunque es tan ilegal ocupar una propiedad pública, como una privada, desde el punto de vista ético son cosas muy distintas. Los pueblos abandonados propiedad de Estado fueron expropiados en su momento en nombre del "bien común" y no están proporcionando ninguna utilidad a la sociedad. Es, en todo caso, el okupa quién está prestando un servicio, invirtiendo su dinero y esfuerzo en rehabilitar aldeas que pertenecen al bien público, y que de otra forma estarían desapareciendo.
Aunque desde 1996 la ocupación de lugares abandonados está tipificada como delito de usurpación en el código penal, los juzgados suelen cosiderar resuelta la cuestión con el desalojo de la propiedad ocupada, archivando la causa a continuación, es decir, casi nunca se han dictado las condenas previstas legalmente por el delito de usurpación, y menos aún tratándose de pueblos complemtamente deshabitados y sin ninguna función social. Para optar por esa solución hay que estar dispuesto a vivir con cierta incertidumbre, porque, de hecho, la única certeza que tienen es que, probablemente nunca serán propietarios de la casa que habiten. A cambio, podrán de dicar su dinero, únicamente a acondicionar la vivienda y a hacer mejoras que de cualquier forma serían necesarias.
Un proyecto de este tipo no puede pensarse con mentalidad de propietario, sino como si se tratase de un alquiler sin contra. el dinero invertido, entre el numero de meses que estimen vivir allí, seguramente se trate de una cifra ridícula si se comparara con cualquier alquiler legar. .
Un ejemplo que tenemos muy cerquita de aquí es el El Calabacino, una aldea que llegó a contar con 600 habitantes, pero que poco a poco, quedó en el olvido.
Personas que buscan alternativas a esta vida, llegaron al lugar, levantaron las viejas casas y allí se quedaron. Son personas que, lógicamente, no tienen un trabajo con horarios inflexibles ni sistemáticos, se trata de bohemios, que buscan una vida relajada, de plenitud con la naturaleza y de autorrealización.
Actualmente son 200 las personas que poseen allí una casa, aunque 100 están censadas. No se trata de una comuna, cada familia tiene su propio hogar, que construyen en colaboración con las demás gentes del pueblo.
Comparten todos dos zonas, el horno de piedra y La Casa del Pueblo, donde semanalmente se reúnen para llevar a cabo actividades culturales educativas… y también coinciden en valores e inquietudes, en las formas de ver la vida.
No poseen agua corriente ni tampoco electricidad, y por voluntad propia, no se puede acceder en coche a la aldea.




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