Los valores, códigos, conocimientos,
valores, formas de comportamiento y demás formas de socialización que se
transmiten a mujeres y hombres no son los mismos, ni favorecen tampoco que se
produzca una verdadera equidad entre hombres y mujeres. Si nos paramos a
observar de forma detallada y objetiva seremos conscientes de que este hecho se
produce además, en todos los ámbitos de la vida de las personas.
De esta forma podemos observar como en
el contexto familiar, por ejemplo, las funciones encomendadas a los diferentes géneros,
o al menos, lo que se espera de ambos, están claramente diferenciadas, definidas,
especificadas y perpetuadas en el tiempo. Lo que se reproduce y se considera
normalizado en nuestra cultura es que la mujer se dedique al cuidado del hogar
y de los miembros de la familia; que limpie, cocine, friegue, gestione lo
correspondiente a alimentación, higiene y demás necesidades familiares… y ya en
las últimas décadas, por fin se considera aceptable que además de eso la mujer
pueda desarrollar un trabajo remunerado fuera del hogar (aunque aún quedan
sociedades y culturas donde eso es impensable). Es decir, la mujer trabaja
fuera y dentro, pero sobre todo, dentro. Trabajo que implica también la
configuración de una serie de características en el temperamento del género
femenino, para que sea socialmente aceptable en nuestro entorno. Características
que son interiorizadas como directrices imprescindibles para saber cómo
comportarnos en función a lo que de nosotros se espera. Y lo que de “una buena
mujer” se espera es que, desempeñe o no un trabajo remunerado, sea una
cuidadora nata, sea comprensiva, serena, sumisa, delicada, cálida,
hospitalaria, simpática… también que sea discreta y elegante, que no participe
de demasiadas polémicas o discusiones más trascendentales, y que se preocupe
por mantener una estética en consonancia a las tendencias del momento, es
decir, que sea “femenina”, en función de lo que la moda entienda por feminidad.
Además de ello, se espera de la mujer en el hogar que encuentre un hombre al
que, entre otras cosas, poder complacer, para después formar una familia a la
que cuidar.
Se espera de las mujeres de nuestra
sociedad que madruguen, hagan la compra, limpien la casa, cocinen, pongan la
mesa, la recojan, sigan fregando… para que los demás miembros de la familia
vivan de la mejor forma posible. Los estereotipos dicen que las mujeres son
habladoras, cotillas y criticonas… y que además son inseguras, lo que las puede
llegar a convertir en posesivas y manipuladoras con su pareja o familia.
Y mientras que no paramos, sobre todo,
de mencionar la parte humanística y pasional de las mujeres, ya que es la que
más se potencia desde que nacen, es la parte más racional la que se impone en
el género masculino desde la crianza. Los comportamientos que de ellos se
esperan, difieren completamente de los que se esperan de las mujeres.
Mientras que la mujer es la expresión
de los sentimientos, de los hombres se esperan que sea el cerebro racional de
la familia y protector del hogar. Que gestionen los temas “importantes”, como
facturas, negocios… todo lo que con la economía tenga que ver. Se espera que protejan
a la familia, que arreglen los rotos. Serán los expertos en temas de
tecnología, fontanería, albañilería… todo aquello que implique destreza manual…
lo que conocemos como “manitas”.
Se espera del hombre que sea el pilar
económico de la familia, quien gana dinero, mientras que ella cuida de los
suyos. Como decíamos antes ya hemos ido dejando atrás esa percepción de vida en
la que solo el hombre puede desempeñar labores remuneradas, normalizando el
papel de la mujer en la vida laboral, sin embargo lo que aun no se ha
normalizado es que sea el hombre quien, además de trabajar fuera de casa,
trabaje dentro.
Por otro lado no se espera del hombre
que muestre emociones, ni exprese sus sentimientos, tampoco que sea indeciso en
la toma de decisiones, ya que él es quien debe tomar las decisiones
importantes.
Se trata de comportamientos, valores y
principios que no solo se reproducen y transmiten en el seno familiar, sino que
son perpetuados por todos los agentes socializadores en todos los contextos.
De esta forma si ponemos la vista en
el ámbito educativo, ya desde bien pequeños podemos observar como los juguetes
destinados a cada uno de los géneros marcan claramente las directrices de cómo
éstos deberán comportarse, qué se espera de ellos y cuál será la forma más
aceptable de ser felices. Recordemos que los juguetes educan y los niños
aprenden, y el mercado está plagado de juguetes sexistas.
Así en la escuela se transmiten continuamente
esa gran diferencia de expectativas y aprendizajes en función del género. Un
hecho muy generalizado, que ilustra claramente lo que sostenemos, es que si nos
vamos al recreo de una escuela, es muy típico observar cómo mientras los niños
ocupan la mayor parte del patio jugando al futbol en las pistas que abarcan
casi todo el terreno, las niñas ocupan los espacios sobrantes alrededor de las
pistas, jugando a otro tipo de juegos, como la comba, o simplemente charlando.
De la misma forma dentro del aula, la
transmisión de conocimientos no es igual para ambos géneros, o quizás sí los
contenidos, pero no las formas de transmitirlos. Mientras que a las niñas se
les potencia sus capacidades más humanísticas y artísticas, son las capacidades
más racionales y relacionadas con lo tecnológico, junto a las actividades
deportivas las que se potencian en los niños. O si no, ¿por qué, por ilustrar
esta realidad, si nos fijamos en la titulación de Ciencias del Deporte, en la
Universidad Pablo de Olavide, observamos que el 90% del alumnado (quedándonos
cortas) es del género masculino?
Es así que la escuela, “una
fotocopiadora gigante”, reproduce, o al menos lo intenta, seres lo más
similares posibles, perpetuando y potenciando las diferencias de género.
De igual modo, en un contexto más
relajado, como es el del grupo de iguales, la diferencia de comportamientos no
pasa desapercibida. Cuántas veces no ocurre que en un mismo grupo de amigos las
chicas estén con las chicas y los chicos con los chicos. Esperamos de ellas que
traten cuestiones relacionadas con la moda y la belleza, los cotilleos, sobre
otros chicos, o criticando a otras compañeras. De ellos, por el contrario,
esperamos que hablen sobre futbol, motos y deportes en general, o sobre temas
políticos.
Movámonos ahora al terreno de la
política. Cierto que ya estamos mas acostumbrados a tener mujeres ocupando
cargos políticos, como concejalas o alcaldesas, pero ¿qué hay de cargos de
mayor relevancia como las diputaciones o presidencias? ¿Qué ocurre con los
cargos de mayor responsabilidad? Incluso podría sorprendernos toparnos con una
mujer, y eso es bastante triste.
Como comentábamos antes, la mujer es
educada para que no participe de pensamientos políticos o ideológicos, y si los
posee, para que se los guarde. Discreción ante todo. Por el contrario en el hombre
se potencia la capacidad de participación e intervención en la toma de
decisiones.
Y de entre otras instituciones, estos
sucesos son consecuencia directa de la Iglesia, que tantos siglos lleva
perpetuando el rechazo y la inferioridad de la mujer. Simplemente observando su
forma de organización y funcionamiento, donde se excluye totalmente el poder de
decisión del género femenino, podremos ser conscientes de la desigualdad que se
produce.
Hablamos de una institución que se ha
encargado, entre otras cosas, de torturar y silenciar a la mujer, tachándola de
impura y de representar al mayor mal, al mismo demonio. La iglesia acusa a la
mujer de ser la tentación que ensuciará el alma limpia del hombre. La misma
iglesia que sigue perpetuando esa violencia, a través de una cortina de humo a
la que llama “amor”. Si queremos
investigar acerca de las causas que engendran la violencia de género, no
podemos pasar por alto la influencia de la Iglesia en nuestra sociedad, a lo
largo de siglos de historia.
Y no podemos pasar por alto a los mass-media, o medios de comunicación de
masas, que juegan un papel clave en el proceso de socialización de las
personas, en esta sociedad actual, ya conocida como la de la Información y la
Comunicación.
A través de la publicidad, la
programación televisiva, las vallas publicitarias, internet, series y
películas, etc., se transmiten valores, creencias, principios y estilos de vida
que calan profundamente en los receptores de esa información, manipulando su
visión de la realidad y aproximándola a los intereses con los que se juegue. La
publicidad persuade a los consumidores, a quienes tiene completamente
estudiados para saber qué, cómo, cuándo y de qué forma ofrecerles su producto.
Este agente socializador es
responsable directo de comportamientos machistas y sexistas, y de la diferencia
de comportamiento entre ambos géneros. En este sentido la mujer ha dejado de
representar ya ese papel de demonio, que la iglesia le asignó, para convertirse
ahora en un producto más que consumir. Los medios de comunicación imponen a las
mujeres un prototipo de belleza “perfecta”, que además poco se aproxima al
cuerpo real de una mujer, bombardeándola por todos lados para que se adapte
a este estereotipo construido
socialmente, que genera en la mujer frustración y desprecio a su propio cuerpo
por no conseguir esa silueta perfecta, ya que la misma será el recurso
imprescindible para tener éxito, ser feliz, y, por supuesto, encontrar a un
hombre al que poder cuidar. Luego nos escandalizamos con los países musulmanes
donde las mujeres utilizan algún tipo de velo, pero no somos críticos con la
cultura occidental que oprime a la mujer a través de la imposición de un
prototipo de belleza que, además de estar completamente alejado de la realidad,
obvia todas las cualidades y capacidades de las mujeres, centrándose solamente
en su aspecto exterior y superficial.
Es cierto que en los últimos tiempos, también
los hombres están pasando por esta imposición de belleza artificial, que los
hará “triunfar” en la sociedad, y que no tiene en cuenta ni le importan las
capacidades intelectuales de ellos.
En conclusión, después de una larga
reflexión, podemos observar como las prescripciones que llegan a mujeres y hombres
son completamente dispares, aunque coinciden en un aspecto, y es este ultimo
mencionado; estamos en una sociedad que cada vez más, solo tiene en cuenta la
superficialidad de las personas.
Pero no solo perjudica a las mujeres
esta concepción que tenemos sobre las diferentes expectativas que se esperan de
cada uno de los géneros. Las mujeres no son las únicas víctimas del sexismo.
Así, de las capacidades y
comportamientos que esperamos de los hombres nos suscitan cuestiones como, por
ejemplo, la agresividad. Esperamos que los hombres sean duros y demuestren su
posición a base de fuerza. Desde pequeños en la escuela, observamos como los
niños son, generalmente, quienes más resuelven sus problemas peleando. Si demuestran
tener coraje para ello, se ganarán el respeto. Mientras tanto la mujer que resuelve
de esta forma sus diferencias es, más bien, tachada de “verdulera” o
“barriobajera”, ¿nos suena?
Este concepto de hombre duro no solo
implica fuerza, también implica la represión de sus sentimientos y emociones.
Aún hoy día nos extraña ver a un hombre llorar, ya que socialmente atribuimos
ese acto al comportamiento femenino.
De igual modo, ser hombre implica
otras cuestiones, como por ejemplo ser el miembro racional en las relaciones de
pareja. Acostumbramos a vivir u observar relaciones de dependencia en parejas,
donde normalmente es ella quien busca más calidez y el huye más a su espacio,
es lo típico. Y esta cuestión nos suscita otras que de ella derivan, como son
las prácticas sexuales. Aquí ambos géneros salen perjudicados, en esta
concepción social reinante. Mientras que las mujeres se centran en que el
hombre llegue al orgasmo, interpretando, si fuera necesario, falsos orgasmos
para no dañar la virilidad de él, también ellas esperan que sean ellos los
responsables de proporcionar placer.
Para ellos el miedo a quedar mal entra
las sabanas ya no se limita al asunto de la erección (cuestión muy interesante
a analizar y que forma parte de esta reflexión, también), sino que también la noción
de que el placer de ellas es responsabilidad exclusiva de ellos, de que
complacer a una mujer no es más que una cuestión de instinto, de que la
satisfacción sexual de las mujeres es una victoria que ellos deben obtener, en
lugar de tomarlo como una experiencia que compartir, y de que esa satisfacción
ha de lograrse únicamente con un miembro duro y no con sus manos, su lengua, el
contacto de la piel o la seducción intelectual.
Es impresionante el trato desigual que
ambos géneros dan y reciben en el sexo, y como este trato puede llegar a
frustrar a las personas.
Desde pequeños aplaudimos y nos
resulta graciosas las muestras de sexualidad de los chicos, sin embargo no
ocurre lo mismo con las niñas, a quienes se les riñe cuando muestran esos
comportamientos, enseñándoles que eso es algo feo y sucio, y por lo tanto, robándoles
el derecho a disfrutar libremente de sus cuerpos.
Y en relación con este tema, la
presunción de que el hombre siempre está dispuesto a tener sexo y siempre está
listo para ello, es otro de los prejuicios que tanto afectan a la desigualdad.
Un componente fundamental de la noción del hombre viril es poseer una pulsión
sexual intensa, incluso depredadora. Esa noción no les permite tener
preferencias para ello, o mejor dicho, se espera que los hombres tengan
preferencias que concuerde con las normas sociales (y aparece aquí de nuevo la
cuestión antes desarrollada sobre el estereotipo de belleza).
Así pues, junto a lo antes mencionado,
las expectativas que se esperan de los hombres son que posean un espíritu de
competencia, que tengan conciencia de estatus, éxito financiero, fortaleza e
imagen atlética, liderazgo, destrezas mecánicas, facilidad para tener
erecciones y la adopción de una actitud que deshumaniza a las mujeres. Todo
esto sin olvidar que las mujeres reciben el mandato cultural de formar, en la
intimada afectiva y cotidiana de los espacias domésticos y escolares, a hombres
y mujeres patriarcales.
Y es, como venimos sosteniendo, en
todos los ámbitos sociales donde este tipo de actitudes y comportamientos se
producen, reproducen, transmiten y perpetúan. Ya en la familia las madres
suponen el referente principal de sus hijas, y los padres el de los hijos.
Ambos aprenden en función al género.
Pero esta transmisión de valores y
principios coge aún más fuerza a través del canal tecnológico, a través de su
difusión por parte de los mass-media. Éstos bombardean constantemente a las
mujeres y hombres con prototipos y cánones de modelos “perfectos”. La
referencia de toda mujer es la de alcanzar un físico idealizado, esbelto y
delgado, pero con curvas definidas y mucho pecho. Que se maquillen y se peinen.
También deben cuidar su piel con multitud de cremas, su pelo con
acondicionadores y mascarillas, el tono de su piel para que esté bronceado, y
el blanco de sus dientes para que reluzca su sonrisa. Todo ello acompañado de
un carácter sexista, de cursilería y superficialidad, cuya primera prioridad
deben ser las compras.
A los hombres también les imponen las
curvas para ser bellos, pero estas deben estar bien definidas en cada uno de
los músculos de su piel. Si no tiene abdominales, no vale nada.
¿Ponemos un ejemplo? Mujeres y Hombres y Viceversa, ese
programa de Telecinco que todos conocemos ilustra mejor que perfecto, los
modelos de referencia que se imponen a mujeres y hombres.
La influencia de los mass-media en las
personas es impresionante. Actuamos como ellos nos dictan. Sus planes funcionan
a la perfección, y cuando dejamos el sofá y salimos a la calle, reproducimos lo
que ellos nos transmiten.
Claro que no son las mismas
experiencias por las que pasan las mujeres y los hombres a lo largo de la vida.
Ya biológicamente nos diferenciamos, pasando por procesos diferentes. Pero
estas diferencias son fuertemente ampliadas y delimitadas a través de las
construcciones sociales. De esa forma, el ejemplo de los bebés que poníamos
antes ilustra muy bien lo que sostenemos. Aunque ambos, desde sus primeros días
de vida, ya experimentan su sexualidad, a las niñas de les reprime y a los
niños se les aplaude. Claramente, la experiencias son completamente dispares.
El desarrollo del juego no es igual
para niños y para niñas. A ellos se les potencia e induce a los juegos
competitivos y deportivos. A ellas a juegos relacionados con el mantenimiento
del hogar y el desarrollo de las relaciones sociales.
En casa acostumbramos a ver como los
niños tienen más libertad de dicisión en su vida que las niñas, a las que se
las tiene más controladas y protegidas, mismamente con la presencia del hermano
varón, aunque incluso éste sea más pequeño que ella.
Como habíamos comentado, el desarrollo
biológico no es igual en ambos, pero la forma de concebirlo en la sociedad lo
diferencia aún más, estableciendo además para la mujer, connotaciones negativas
respecto a los procesos por los que ella pasa, como ocurre con la menstruación,
sobre la que se han desarrollado todo tipo de prejuicios y falsedades, que
afectan muy negativamente a la mujer cuando se encuentra en ese momento del
ciclo.
En las relaciones sexuales se
perpetúan aún más estas diferencias, tanto en las practicas sexuales como en la
forma de vivir personalmente el sexo, cuestión que antes desarrollábamos un
poco más.
Es cierto que la forma de concebir a
la mujer y al hombre ha ido cambiando mucho, hasta ir igualándose, en
comparación con lo que hasta ahora ha ocurrido históricamente. Si comparamos
nuestra generación con la de nuestros padres, por ejemplo, podríamos llegar a
pensar incluso que la igualdad está más que conseguida, ya que las diferencias
entonces y la desigualdad de género, en detrimento de la mujer, era mucho
mayor. Tanto en el seno familiar, como escolar, como el grupo de iguales… hemos
pasado de separar por colegios a ambos géneros, a generalizar y normalizar por
completo la convivencia y desarrollo de los mismos juntos y con las mismas
oportunidades. Las mismas oportunidades pero que, como hemos venido
desarrollando antes, parten de situaciones diferentes, por lo que la igualdad
no se alcanza.
En conclusión, es cierto que hemos
avanzado mucho en la igualdad social. Es cierto que hemos realizado grandísimos
e importantísimos cambios, y cada vez nos acercamos un poco más a la equidad
entre géneros. Pero no estamos satisfechas, no mientras sigan existiendo
diferencias injustificables e innecesarias, que no dejan de perpetuarse.
Es cierto que se han superado muchas
situaciones de desigualdad (o al menos nos acercamos a esa superación), pero
por otro lado, siguen creándose y desarrollándose otras nuevas, como las que se
nos imponen a través de los medios de comunicación.
El sexismo solo ha cambiado su forma,
pero sigue presente en nuestro entorno y en nuestra mente, y no podremos hablar
nunca de igualdad o libertad, hasta que no lo hayamos superado del todo.









