jueves, 10 de octubre de 2013

Socializarnos como mujeres y hombres



Los valores, códigos, conocimientos, valores, formas de comportamiento y demás formas de socialización que se transmiten a mujeres y hombres no son los mismos, ni favorecen tampoco que se produzca una verdadera equidad entre hombres y mujeres. Si nos paramos a observar de forma detallada y objetiva seremos conscientes de que este hecho se produce además, en todos los ámbitos de la vida de las personas.
De esta forma podemos observar como en el contexto familiar, por ejemplo, las funciones encomendadas a los diferentes géneros, o al menos, lo que se espera de ambos, están claramente diferenciadas, definidas, especificadas y perpetuadas en el tiempo. Lo que se reproduce y se considera normalizado en nuestra cultura es que la mujer se dedique al cuidado del hogar y de los miembros de la familia; que limpie, cocine, friegue, gestione lo correspondiente a alimentación, higiene y demás necesidades familiares… y ya en las últimas décadas, por fin se considera aceptable que además de eso la mujer pueda desarrollar un trabajo remunerado fuera del hogar (aunque aún quedan sociedades y culturas donde eso es impensable). Es decir, la mujer trabaja fuera y dentro, pero sobre todo, dentro. Trabajo que implica también la configuración de una serie de características en el temperamento del género femenino, para que sea socialmente aceptable en nuestro entorno. Características que son interiorizadas como directrices imprescindibles para saber cómo comportarnos en función a lo que de nosotros se espera. Y lo que de “una buena mujer” se espera es que, desempeñe o no un trabajo remunerado, sea una cuidadora nata, sea comprensiva, serena, sumisa, delicada, cálida, hospitalaria, simpática… también que sea discreta y elegante, que no participe de demasiadas polémicas o discusiones más trascendentales, y que se preocupe por mantener una estética en consonancia a las tendencias del momento, es decir, que sea “femenina”, en función de lo que la moda entienda por feminidad. Además de ello, se espera de la mujer en el hogar que encuentre un hombre al que, entre otras cosas, poder complacer, para después formar una familia a la que cuidar.


Se espera de las mujeres de nuestra sociedad que madruguen, hagan la compra, limpien la casa, cocinen, pongan la mesa, la recojan, sigan fregando… para que los demás miembros de la familia vivan de la mejor forma posible. Los estereotipos dicen que las mujeres son habladoras, cotillas y criticonas… y que además son inseguras, lo que las puede llegar a convertir en posesivas y manipuladoras con su pareja o familia.
Y mientras que no paramos, sobre todo, de mencionar la parte humanística y pasional de las mujeres, ya que es la que más se potencia desde que nacen, es la parte más racional la que se impone en el género masculino desde la crianza. Los comportamientos que de ellos se esperan, difieren completamente de los que se esperan de las mujeres.
Mientras que la mujer es la expresión de los sentimientos, de los hombres se esperan que sea el cerebro racional de la familia y protector del hogar. Que gestionen los temas “importantes”, como facturas, negocios… todo lo que con la economía tenga que ver. Se espera que protejan a la familia, que arreglen los rotos. Serán los expertos en temas de tecnología, fontanería, albañilería… todo aquello que implique destreza manual… lo que conocemos como “manitas”.
Se espera del hombre que sea el pilar económico de la familia, quien gana dinero, mientras que ella cuida de los suyos. Como decíamos antes ya hemos ido dejando atrás esa percepción de vida en la que solo el hombre puede desempeñar labores remuneradas, normalizando el papel de la mujer en la vida laboral, sin embargo lo que aun no se ha normalizado es que sea el hombre quien, además de trabajar fuera de casa, trabaje dentro.
Por otro lado no se espera del hombre que muestre emociones, ni exprese sus sentimientos, tampoco que sea indeciso en la toma de decisiones, ya que él es quien debe tomar las decisiones importantes.
Se trata de comportamientos, valores y principios que no solo se reproducen y transmiten en el seno familiar, sino que son perpetuados por todos los agentes socializadores en todos los contextos.

De esta forma si ponemos la vista en el ámbito educativo, ya desde bien pequeños podemos observar como los juguetes destinados a cada uno de los géneros marcan claramente las directrices de cómo éstos deberán comportarse, qué se espera de ellos y cuál será la forma más aceptable de ser felices. Recordemos que los juguetes educan y los niños aprenden, y el mercado está plagado de juguetes sexistas.
Así en la escuela se transmiten continuamente esa gran diferencia de expectativas y aprendizajes en función del género. Un hecho muy generalizado, que ilustra claramente lo que sostenemos, es que si nos vamos al recreo de una escuela, es muy típico observar cómo mientras los niños ocupan la mayor parte del patio jugando al futbol en las pistas que abarcan casi todo el terreno, las niñas ocupan los espacios sobrantes alrededor de las pistas, jugando a otro tipo de juegos, como la comba, o simplemente charlando.
De la misma forma dentro del aula, la transmisión de conocimientos no es igual para ambos géneros, o quizás sí los contenidos, pero no las formas de transmitirlos. Mientras que a las niñas se les potencia sus capacidades más humanísticas y artísticas, son las capacidades más racionales y relacionadas con lo tecnológico, junto a las actividades deportivas las que se potencian en los niños. O si no, ¿por qué, por ilustrar esta realidad, si nos fijamos en la titulación de Ciencias del Deporte, en la Universidad Pablo de Olavide, observamos que el 90% del alumnado (quedándonos cortas) es del género masculino?
Es así que la escuela, “una fotocopiadora gigante”, reproduce, o al menos lo intenta, seres lo más similares posibles, perpetuando y potenciando las diferencias de género.

De igual modo, en un contexto más relajado, como es el del grupo de iguales, la diferencia de comportamientos no pasa desapercibida. Cuántas veces no ocurre que en un mismo grupo de amigos las chicas estén con las chicas y los chicos con los chicos. Esperamos de ellas que traten cuestiones relacionadas con la moda y la belleza, los cotilleos, sobre otros chicos, o criticando a otras compañeras. De ellos, por el contrario, esperamos que hablen sobre futbol, motos y deportes en general, o sobre temas políticos.
Es lo que se espera de nosotros, y así es como generalmente actuamos. Y decimos generalmente.

 Movámonos ahora al terreno de la política. Cierto que ya estamos mas acostumbrados a tener mujeres ocupando cargos políticos, como concejalas o alcaldesas, pero ¿qué hay de cargos de mayor relevancia como las diputaciones o presidencias? ¿Qué ocurre con los cargos de mayor responsabilidad? Incluso podría sorprendernos toparnos con una mujer, y eso es bastante triste.
Como comentábamos antes, la mujer es educada para que no participe de pensamientos políticos o ideológicos, y si los posee, para que se los guarde. Discreción ante todo. Por el contrario en el hombre se potencia la capacidad de participación e intervención en la toma de decisiones.
Y de entre otras instituciones, estos sucesos son consecuencia directa de la Iglesia, que tantos siglos lleva perpetuando el rechazo y la inferioridad de la mujer. Simplemente observando su forma de organización y funcionamiento, donde se excluye totalmente el poder de decisión del género femenino, podremos ser conscientes de la desigualdad que se produce.
Hablamos de una institución que se ha encargado, entre otras cosas, de torturar y silenciar a la mujer, tachándola de impura y de representar al mayor mal, al mismo demonio. La iglesia acusa a la mujer de ser la tentación que ensuciará el alma limpia del hombre. La misma iglesia que sigue perpetuando esa violencia, a través de una cortina de humo a la que llama “amor”.  Si queremos investigar acerca de las causas que engendran la violencia de género, no podemos pasar por alto la influencia de la Iglesia en nuestra sociedad, a lo largo de siglos de historia.

Y no podemos pasar por alto a los mass-media, o medios de comunicación de masas, que juegan un papel clave en el proceso de socialización de las personas, en esta sociedad actual, ya conocida como la de la Información y la Comunicación.
A través de la publicidad, la programación televisiva, las vallas publicitarias, internet, series y películas, etc., se transmiten valores, creencias, principios y estilos de vida que calan profundamente en los receptores de esa información, manipulando su visión de la realidad y aproximándola a los intereses con los que se juegue. La publicidad persuade a los consumidores, a quienes tiene completamente estudiados para saber qué, cómo, cuándo y de qué forma ofrecerles su producto.
Este agente socializador es responsable directo de comportamientos machistas y sexistas, y de la diferencia de comportamiento entre ambos géneros. En este sentido la mujer ha dejado de representar ya ese papel de demonio, que la iglesia le asignó, para convertirse ahora en un producto más que consumir. Los medios de comunicación imponen a las mujeres un prototipo de belleza “perfecta”, que además poco se aproxima al cuerpo real de una mujer, bombardeándola por todos lados para que se adapte a  este estereotipo construido socialmente, que genera en la mujer frustración y desprecio a su propio cuerpo por no conseguir esa silueta perfecta, ya que la misma será el recurso imprescindible para tener éxito, ser feliz, y, por supuesto, encontrar a un hombre al que poder cuidar. Luego nos escandalizamos con los países musulmanes donde las mujeres utilizan algún tipo de velo, pero no somos críticos con la cultura occidental que oprime a la mujer a través de la imposición de un prototipo de belleza que, además de estar completamente alejado de la realidad, obvia todas las cualidades y capacidades de las mujeres, centrándose solamente en su aspecto exterior y superficial.

Es cierto que en los últimos tiempos, también los hombres están pasando por esta imposición de belleza artificial, que los hará “triunfar” en la sociedad, y que no tiene en cuenta ni le importan las capacidades intelectuales de ellos.
En conclusión, después de una larga reflexión, podemos observar como las prescripciones que llegan a mujeres y hombres son completamente dispares, aunque coinciden en un aspecto, y es este ultimo mencionado; estamos en una sociedad que cada vez más, solo tiene en cuenta la superficialidad de las personas.
Pero no solo perjudica a las mujeres esta concepción que tenemos sobre las diferentes expectativas que se esperan de cada uno de los géneros. Las mujeres no son las únicas víctimas del sexismo.
Así, de las capacidades y comportamientos que esperamos de los hombres nos suscitan cuestiones como, por ejemplo, la agresividad. Esperamos que los hombres sean duros y demuestren su posición a base de fuerza. Desde pequeños en la escuela, observamos como los niños son, generalmente, quienes más resuelven sus problemas peleando. Si demuestran tener coraje para ello, se ganarán el respeto. Mientras tanto la mujer que resuelve de esta forma sus diferencias es, más bien, tachada de “verdulera” o “barriobajera”, ¿nos suena?
Este concepto de hombre duro no solo implica fuerza, también implica la represión de sus sentimientos y emociones. Aún hoy día nos extraña ver a un hombre llorar, ya que socialmente atribuimos ese acto al comportamiento femenino.

De igual modo, ser hombre implica otras cuestiones, como por ejemplo ser el miembro racional en las relaciones de pareja. Acostumbramos a vivir u observar relaciones de dependencia en parejas, donde normalmente es ella quien busca más calidez y el huye más a su espacio, es lo típico. Y esta cuestión nos suscita otras que de ella derivan, como son las prácticas sexuales. Aquí ambos géneros salen perjudicados, en esta concepción social reinante. Mientras que las mujeres se centran en que el hombre llegue al orgasmo, interpretando, si fuera necesario, falsos orgasmos para no dañar la virilidad de él, también ellas esperan que sean ellos los responsables de proporcionar placer.
Para ellos el miedo a quedar mal entra las sabanas ya no se limita al asunto de la erección (cuestión muy interesante a analizar y que forma parte de esta reflexión, también), sino que también la noción de que el placer de ellas es responsabilidad exclusiva de ellos, de que complacer a una mujer no es más que una cuestión de instinto, de que la satisfacción sexual de las mujeres es una victoria que ellos deben obtener, en lugar de tomarlo como una experiencia que compartir, y de que esa satisfacción ha de lograrse únicamente con un miembro duro y no con sus manos, su lengua, el contacto de la piel o la seducción intelectual.
Es impresionante el trato desigual que ambos géneros dan y reciben en el sexo, y como este trato puede llegar a frustrar a las personas.
Desde pequeños aplaudimos y nos resulta graciosas las muestras de sexualidad de los chicos, sin embargo no ocurre lo mismo con las niñas, a quienes se les riñe cuando muestran esos comportamientos, enseñándoles que eso es algo feo y sucio, y por lo tanto, robándoles el derecho a disfrutar libremente de sus cuerpos.
Y en relación con este tema, la presunción de que el hombre siempre está dispuesto a tener sexo y siempre está listo para ello, es otro de los prejuicios que tanto afectan a la desigualdad. Un componente fundamental de la noción del hombre viril es poseer una pulsión sexual intensa, incluso depredadora. Esa noción no les permite tener preferencias para ello, o mejor dicho, se espera que los hombres tengan preferencias que concuerde con las normas sociales (y aparece aquí de nuevo la cuestión antes desarrollada sobre el estereotipo de belleza).
Así pues, junto a lo antes mencionado, las expectativas que se esperan de los hombres son que posean un espíritu de competencia, que tengan conciencia de estatus, éxito financiero, fortaleza e imagen atlética, liderazgo, destrezas mecánicas, facilidad para tener erecciones y la adopción de una actitud que deshumaniza a las mujeres. Todo esto sin olvidar que las mujeres reciben el mandato cultural de formar, en la intimada afectiva y cotidiana de los espacias domésticos y escolares, a hombres y mujeres patriarcales.
Y es, como venimos sosteniendo, en todos los ámbitos sociales donde este tipo de actitudes y comportamientos se producen, reproducen, transmiten y perpetúan. Ya en la familia las madres suponen el referente principal de sus hijas, y los padres el de los hijos. Ambos aprenden en función al género.
Pero esta transmisión de valores y principios coge aún más fuerza a través del canal tecnológico, a través de su difusión por parte de los mass-media. Éstos bombardean constantemente a las mujeres y hombres con prototipos y cánones de modelos “perfectos”. La referencia de toda mujer es la de alcanzar un físico idealizado, esbelto y delgado, pero con curvas definidas y mucho pecho. Que se maquillen y se peinen. También deben cuidar su piel con multitud de cremas, su pelo con acondicionadores y mascarillas, el tono de su piel para que esté bronceado, y el blanco de sus dientes para que reluzca su sonrisa. Todo ello acompañado de un carácter sexista, de cursilería y superficialidad, cuya primera prioridad deben ser las compras.
A los hombres también les imponen las curvas para ser bellos, pero estas deben estar bien definidas en cada uno de los músculos de su piel. Si no tiene abdominales, no vale nada.
¿Ponemos un ejemplo? Mujeres y Hombres y Viceversa, ese programa de Telecinco que todos conocemos ilustra mejor que perfecto, los modelos de referencia que se imponen a mujeres y hombres.
La influencia de los mass-media en las personas es impresionante. Actuamos como ellos nos dictan. Sus planes funcionan a la perfección, y cuando dejamos el sofá y salimos a la calle, reproducimos lo que ellos nos transmiten.
Claro que no son las mismas experiencias por las que pasan las mujeres y los hombres a lo largo de la vida. Ya biológicamente nos diferenciamos, pasando por procesos diferentes. Pero estas diferencias son fuertemente ampliadas y delimitadas a través de las construcciones sociales. De esa forma, el ejemplo de los bebés que poníamos antes ilustra muy bien lo que sostenemos. Aunque ambos, desde sus primeros días de vida, ya experimentan su sexualidad, a las niñas de les reprime y a los niños se les aplaude. Claramente, la experiencias son completamente dispares.
El desarrollo del juego no es igual para niños y para niñas. A ellos se les potencia e induce a los juegos competitivos y deportivos. A ellas a juegos relacionados con el mantenimiento del hogar y el desarrollo de las relaciones sociales.
En casa acostumbramos a ver como los niños tienen más libertad de dicisión en su vida que las niñas, a las que se las tiene más controladas y protegidas, mismamente con la presencia del hermano varón, aunque incluso éste sea más pequeño que ella.
Como habíamos comentado, el desarrollo biológico no es igual en ambos, pero la forma de concebirlo en la sociedad lo diferencia aún más, estableciendo además para la mujer, connotaciones negativas respecto a los procesos por los que ella pasa, como ocurre con la menstruación, sobre la que se han desarrollado todo tipo de prejuicios y falsedades, que afectan muy negativamente a la mujer cuando se encuentra en ese momento del ciclo.
En las relaciones sexuales se perpetúan aún más estas diferencias, tanto en las practicas sexuales como en la forma de vivir personalmente el sexo, cuestión que antes desarrollábamos un poco más.
Es cierto que la forma de concebir a la mujer y al hombre ha ido cambiando mucho, hasta ir igualándose, en comparación con lo que hasta ahora ha ocurrido históricamente. Si comparamos nuestra generación con la de nuestros padres, por ejemplo, podríamos llegar a pensar incluso que la igualdad está más que conseguida, ya que las diferencias entonces y la desigualdad de género, en detrimento de la mujer, era mucho mayor. Tanto en el seno familiar, como escolar, como el grupo de iguales… hemos pasado de separar por colegios a ambos géneros, a generalizar y normalizar por completo la convivencia y desarrollo de los mismos juntos y con las mismas oportunidades. Las mismas oportunidades pero que, como hemos venido desarrollando antes, parten de situaciones diferentes, por lo que la igualdad no se alcanza.
En conclusión, es cierto que hemos avanzado mucho en la igualdad social. Es cierto que hemos realizado grandísimos e importantísimos cambios, y cada vez nos acercamos un poco más a la equidad entre géneros. Pero no estamos satisfechas, no mientras sigan existiendo diferencias injustificables e innecesarias, que no dejan de perpetuarse.
Es cierto que se han superado muchas situaciones de desigualdad (o al menos nos acercamos a esa superación), pero por otro lado, siguen creándose y desarrollándose otras nuevas, como las que se nos imponen a través de los medios de comunicación.
El sexismo solo ha cambiado su forma, pero sigue presente en nuestro entorno y en nuestra mente, y no podremos hablar nunca de igualdad o libertad, hasta que no lo hayamos superado del todo.